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UN 16 DE ENERO DE 1665 FALLECIÓ LA “QUINTRALA”

Uno de los personajes más llamativos y enigmáticos de la
época colonial Catalina de los Ríos y Lisperguer, falleció el
16 de enero de 1665, aproximadamente a los 61 años de edad,
conocida también como la “Quintrala” o la “Catrala”. Pasó a
la historia como una de las mujeres más crueles y poderosas
de su época.

Cabe consignar que, tres años antes de su muerte, Catalina
dejó establecido por testamento que a la fecha de su
fallecimiento se le vistiera con el hábito de San Agustín, y
ser enterrada en el templo de esa orden. Sus deseos fueron
cumplidos y los funerales se realizaron con ostentosa pompa
que incluyó mil cirios para la iglesia. Adicionalmente, se le
dijeron 20 mil misas, y ya inhumada, se oficiaron mil misas
más, y otras 500 por las almas de sus víctimas.

Se dice que la Quintrala era hermosa, alta de ojos verdes y
pelo rojo, como el “Quitral», hija del español Gonzalo de los
Ríos y Encío y de la mestiza Catalina Lisperguer Flores. Por
parte materna fue nieta del alemán Pedro Lisperguer,
descendiente del duque de Sajonia y que llegó a Chile junto
con el Gobernador García Hurtado de Mendoza. Y su abuela fue
Agueda Flores de Talagante, hija del alemán Barthel
Blumenthal, quien llegó a Chile con Pedro de Valdivia como
carpintero, cambiándose el nombre a Bartolomé Flores, que a
su vez se casó con una princesa mapuche que tomó el nombre de
Elvira de Talagante.

Sin embargo, las mujeres de la familia Lisperguer fueron
tristemente famosas por sus instintos sanguinarios y por su
sensualidad sádica. De hecho a la madre de la Quintrala y a
su tía María, las dos mujeres de ocho hermanos, se les acusó
de realizar pacto con el diablo, además de haber intentado
envenenar al Gobernador Alonso de Ribera en 1604, hecho que
se debió al despecho de María, porque de Ribera se casó con
Beatriz de Córdoba.

Entonces cuando el Gobernador Rivera se enteró de esto,
ordenó la prisión para ambas, pero ellas se pusieron a buen
recaudo en dos conventos, siendo defendidas por los miembros
de estos claustros bajo la pena de excomunión, por indicación
del Obispo de Santiago.

Así, desde muy joven, la existencia de Catalina revela un
drama doméstico. Rechazó la autoridad del padre, estrechó
alianzas y amistades con nativos y criollos indeseables, se
refugió en el seno de su nana indígena con la que ofició
sahumerios y ensalmos y preparó alambiques y conjuros,
defendiendo de todas maneras a su madre, también acusada de
brujerías.

Todo lo anterior se le facilitó por pertenecer a una de las
familias más aristocráticas y ricas del país. De hecho la
Quintrala a los 15 años de edad heredó de su abuela la chacra
Tobalaba y poco tiempo después la Hacienda de La Ligua y
Longotoma, que era la más productiva del Reino de Chile.

Cabe destacar que, Catalina ingresó a la historia a muy
temprana edad en 1623, acusada de haber asesinado a su padre
con un pollo envenenado que le llevó cuando éste se
encontraba enfermo. Al año siguiente asesinó al Caballero de
San Juan, Enrique de Guzmán. Sin embargo, la responsabilidad
del hecho, en este caso, fue atribuida a uno de sus esclavos,
quien fue ahorcado en la plaza de Santiago.

Más tarde, como señaló el obispo Salcedo en su informe:
«Quiso matar por su persona a don Juan de la Fuente Loarte,
Maestre-escuela de esta Santa Iglesia y vicario general de
este obispado, corriéndolo con un cuchillo porque procuraba
impedir sus liviandades».

Todos estos hechos indujeron a su abuela y tutora, desde la
muerte de sus padres, Agueda Flores, casarla a la brevedad
posible, creyendo que ésta era la solución para aplacar los
instintos sanguinarios que se manifestaban en la Quintrala.
Entonces y para tener éxito en esta empresa, ofreció una dote
que constituía una inmensa fortuna en la época.

Así, Catalina contrajo matrimonio en septiembre de 1626 con
el caballero y soldado Alonso Campofrío Carvajal, quien no
contaba con recursos económicos. Enseguida la pareja se
trasladó a vivir a la hacienda de La Ligua. De esta unión
nació un hijo, pero falleció tempranamente, a los 10 años de
edad.

Al parecer el matrimonio aplacó un tanto los instintos
criminales de Catalina y se dice que en esa época era ella
quien dirigía personalmente las actividades de sus
propiedades, montando a caballo por los valles donde le
complacía vivir con su esposo, ya que la ciudad le era
odiosa.

El único incidente ocurrido durante su matrimonio fue un
atentado contra el cura de la Ligua, Luis Venegas, cuando
éste iba a entregar la extremaunción a un indígena moribundo.
Entonces fue asaltado por un fraile agustino que se supuso
era Juan Lisperguer, primo de la Catrala.

Sin embargo, al quedar viuda la Quintrala, alrededor de
1650, comenzó a manifestarse en forma acentuadísima la
enfermedad mental que la caracterizó: el sadismo. Se dice que
flagelaba y torturaba sin piedad varias veces al día a los
esclavos y sirvientes de su hacienda, sin distinción de sexo
ni de edades, lo que provocó que todo su personal huyera a
los cerros.

Finalmente la Real Audiencia, intervino en los hechos en
1660, fecha en que designó a Francisco Millán para investigar
lo que estaba ocurriendo en La Ligua. Luego, la Quintrala
junto a su administrador Asensio Erazo y su primo Gerónimo de
Altamirano fueron detenidos y trasladados a Santiago, por el
asesinato de 40 personas de la hacienda de La Ligua, sin
contar los hechos anteriores al matrimonio, ni un asesinato
posterior a su regreso a la capital.

La acusación hecha en su contra decía: «Tiene la dicha doña
Catalina de cometer semejantes delitos como constan
largamente probados en las causas criminales que actualmente
están pendientes en esta por la Real Audiencia de que
resultan más de cuarenta muertes que todas están probadas y
comprobadas con las señales de azotes y quemaduras que en
toda la gente de sus servicios ha hecho la dicha doña
Catalina a que se allega la fama pública de los delitos que
toda su vida ha cometido así en personas libres como en los
indios de su encomienda y además de su servicio…».

Pero, la Quintrala amada y deseada por muchos hombres,
odiada por la fracción opuesta de la buena sociedad e incluso
por una parte de su propia familia, falleció mientras se
substanciaba el proceso, siendo enterrada en la Iglesia de
San Agustín en Santiago.

Luego de dos siglos el historiador Benjamín Vicuña Mackenna
destacó: «la enigmática figura de doña Catalina de los Ríos y
Lisperguer que, perteneciente a la familia más influyente de
esos años, propietaria de tierras y de esclavos, se
convertiría, producto de una psiquis enfermiza, atormentada
por cierta voluntad omnímoda, en una amante sangrienta, en
una parricida, en una patrona inmisericorde, en una hechicera
que ha devenido a través del tiempo en una suerte de mito de
cierta supuesta perversidad femenina».

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