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UN 1 Y 2 DE OCTUBRE DE 1814 DERROTA CHILENA EN RANCAGUA

En la plaza de la ciudad de Rancagua se enfrentaron el 1 y 2
de octubre de 1814 las fuerzas patriotas, con un contingente
de mil 500 hombres al mando del General Bernardo O’Higgins
Riquelme, contra el ejército realista comandado por el
General Mariano Osorio, quien tenía bajo su mando a 5 mil
soldados veteranos, bien equipados y disciplinados.

Los patriotas fueron finalmente vencidos por los realistas y
el propio O’Higgins dio la orden de montar a caballo a sus
hombres y salir del campo de batalla lo más rápido posible.
Se salvó solo un tercio de los patriotas, por lo que este
combate se conoce como el “Desastre de Rancagua”; fecha que
puso fin a la Patria Vieja, dando el inicio a la Reconquista
española.

Cabe señalar que, a mediados de ese año, las fuerzas
patriotas se dividieron entre los que apoyaban a O’Higgins y
los que seguían al General José Miguel Carrera Verdugo,
llegando incluso a enfrentarse el 26 de agosto en el Combate
de las Tres Acequias, donde fue derrotado O’Higgins. Al día
siguiente, cuando los o’higginianos se preparaban para
proseguir el combate, recibieron la noticia que el realista
Osorio con sus tropas se habían desembarcado en Talcahuano y
se dirigían a Santiago.

Esto hizo cambiar el propósito de O’Higgins, y renunció a la
lucha contra Carrera, reconociendo su gobierno. De esta
manera, ambos se pusieron de acuerdo para detener al enemigo
que avanzaba hacia la región del río Cachapoal: O’Higgins
avanzaría con sus hombres hacia la plaza de Rancagua, para
atrincherarse allí. Otras dos divisiones del ejército al
mando de Juan José y Luis Carrera Verdugo, quedarían
estacionadas a unos 11 kilómetros del lugar, para reforzar la
lucha si era necesario.

Entonces, O’Higgins hizo construir trincheras de adobones en
las cuatro esquinas de la plaza de Rancagua, para
fortificarse con sus tropas, que la constituían los mil 500
hombres, los que en su mayoría habían sido enrolados en el
último mes, razón por la cual, carecían de un entrenamiento
militar.

Mientras tanto, el 30 de septiembre salió José Miguel Carrera
de Santiago, llegando a San Francisco de Mostazal,
deteniéndose a unos 28 kilómetros de Rancagua. Allí
conferenció con O’Higgins sobre la actitud a tomar,
decidiendo continuar con el plan trazado. En esos momentos
las fuerzas de Osorio ya se habían divisado al otro lado del
río Cachapoal.

En la mañana del primer día de octubre los españoles
iniciaron el asedio a la plaza. Se luchó todo el día. Los
realistas realizaron tres asaltos consecutivos, siendo estos
rechazados por los cañones y los soldados ubicados en los
techos y ventanas de las casas y en las trincheras. Ambos
bandos habían enarbolado banderas con crespones negros, para
indicar que no se daría cuartel.

Al paso que los españoles comprendían muy bien que aquello
presentaba visos de desastre, los patriotas se sentían
animados por la vigorosa defensa que hacían; pero no dejaban
de darse cuenta de que su situación se tornaría pronto
insostenible, si no les venían socorros de afuera.

Entonces, O’Higgins envió un mensaje al General Carrera,
mensaje que fue llevado por un soldado intrépido, saltando
tapias y escalando edificios, y que, escrito en una tira de
papel, decía: «Si vienen municiones y carga la tercera
división, todo es hecho». A esto contestó Carrera con el
mismo portador: «Municiones no pueden ir sino en la punta de
las bayonetas. Mañana, al amanecer, hará sacrificios esta
división».

Así la noche separó a los combatientes. De cuando en cuando,
disparos sueltos atronaban el aire y llevaban la alarma a los
campamentos silenciosos.

El día dos de octubre, muy temprano, los patriotas lograron
rechazar la cuarta embestida. A eso de las once de la mañana,
el vigía, situado en la torre de la iglesia de la Merced,
anunció que se divisaba una polvareda por los caminos del
norte. Un grito de «¡Viva la patria!» recibió la buena
noticia, pues esa polvareda no podía ser sino la que
levantaban las fuerzas de Carrera al acercarse.

Luego, sin embargo, este grito de triunfo y de esperanza se
cambió en un lamento de desesperación; el mismo vigía comenzó
a gritar: «¡Ya corren, ya corren!». Era la división de Luis
Carrera, que, al encontrarse con el español Antonio de
Quintanilla y sus 400 hombres que habían salido a detenerla,
ésta se retiró en desorden, con rumbo a Santiago.

A pesar de todo, la resistencia no cesó en la plaza. Los
realistas habían desviado las acequias que entraban al
campamento de los defensores, y éstos con las municiones casi
agotadas, sudorosos bajo el ardiente sol, hambrientos y
cansados después de más de treinta horas de combate, sin agua
ni para la bebida ni para refrescar los cañones, en los
cuales la pólvora ardía antes de poner la carga, no veían ya
forma de continuar peleando. Hasta los cadáveres de los
caídos servían de trinchera.

El asalto arreciaba por momentos, tenaz y dirigido con
certeza, y el instante decisivo se aproximó por fin. Los
edificios de un costado de la plaza comenzaron a arder,
incendiados por los españoles. Una chispa que cayó al
depósito de pólvora de los patriotas produjo una explosión
que lo hizo volar.

Como la ayuda fue imposible y para evitar su aniquilamiento,
el Libertador ordenó montar a los dragones y a todos los
infantes que pudieran hacerlo: ¡Dragones a caballo! ¡Los
infantes a la grupa! ¡Nos abriremos paso en medio del
enemigo!.

En esos momentos, Ramón Freire Serrano dispuso las tropas de
manera que O’Higgins quedara en el centro y bien protegido,
pero al darse cuenta el Libertador se acercó a Freire y
tendiéndole la mano le dijo: “Capitán, es usted un valiente,
celebro mandar hombres de su temple, pero no puedo aceptar el
sitio que usted me prepara porque yo – dijo poniéndose a la
cabeza de las tropas – debo atacar de frente al enemigo”.

Y así a la cabeza de la caballería rompió las filas enemigas
con unos 500 hombres, contando a algunas mujeres y niños,
todos ellos, en frenética carrera, saltando barricadas,
cañones, escombros y maderos, arrojando soldados realistas y
cuanto existía a su paso, galoparon por la calle de La Merced
hacia campo traviesa y emprendieron la retirada hacia
Santiago.

Allí quedaron muchos patriotas tendidos en la tierra, sin
embargo, este sacrificio no fue en vano. O’Higgins una vez en
Mendoza, junto a otros patriotas y al general José de San
Martín Matorras prepararon su regreso, y dos años después,
los patriotas victoriosos recobraron su Patria en las lomas
de Chacabuco y Chile, su libertad.

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